Por Julio César Castaños Guzmán
«La espada, sin balanza, es la fuerza bruta; y la balanza, sin la espada, es el Derecho en su impotencia”. La frase es de Ihering. Nada más gráfico e indicador sobre la racionalidad de cualquier sistema judicial, ya que, el Derecho sin la fuerza es una fantasía inútil. Pero la fuerza sin el Derecho es una calamidad.
El Derecho impera cuando la fuerza desplegada por la justicia al sostener la espada es igual a la habilidad que se emplea en manejar la balanza. Vigor para empuñar la espada; destreza para pulsar la balanza. Energía y pericia son precisas, cual yunta que desbroza el campo social a fin de que fructifique la Justicia.
La justicia.
No pocas veces en la función jurisdiccional que es imprescindible para la viabilidad del sistema político el aparato judicial actúa ya con torpeza porque carece de habilidad, ya con pusilanimidad porque le falta firmeza en la imposición del castigo. Es que, no nos engañemos, la consecución del Estado de Derecho, la lucha por el Derecho, es un trabajo sin descanso.
El Estado no puede mantener el orden legal sin luchar continuamente contra la anarquía que le ataca. El orden es a la paz, lo que el oxígeno a la vida; sin orden, no es viable la vida social. El progreso y el desarrollo resultan imposibles… “fallidos” como se dice ahora.
Pero la sociedad que el Derecho está llamada a regir se transforma a una velocidad pasmosa. Y de ahí la necesidad de reformas, la creación de nuevas instituciones jurídicas que respondan a las necesidades del orden social imperante. Entonces, aparece el Derecho, como un Saturno que devora antiguos hijos, porque no le es posible renovación alguna sino es rompiendo con el pasado.
Por tales motivos no vale la pena llorar sobre los despojos del cadáver del viejo Código Penal, molido íntegro por el repudio social que abomina de viejas fórmulas, y desplazado por las preferencias de un paladar social que exige el castigo para nuevas conductas antisociales. Sustituido, de un plumazo congresual, por una nueva versión que concita determinadas esperanzas, pese a que algunas de sus disposiciones han de ser acogidas “Ad experimentum”.
El Derecho, siendo esencialmente prosa, se hace poesía una vez se convierte en lucha por la instauración del propio Derecho. La lucha por el imperio de lo jurídico es, ciertamente, “La poesía del carácter”.
Este prodigio de sublime sensibilidad social se opera en el hombre mediante el dolor ante la injusticia; el dolor moral. Afección punzante que estremece la conciencia y se expresa en “sentimiento legal”. Amor al Derecho como medio para la consecución de la igualdad y el equilibrio.
La fuerza del Derecho descansa en este sentimiento… y se transforma en bienaventuranza individual y comunitaria:
“Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia porque ellos serán saciados”.









