Recientemente fue presentado el Informe Latinobarómetro 2026, un estudio que vuelve a colocar sobre la mesa una preocupación que no debería pasar inadvertida: la baja confianza de los ciudadanos en los partidos políticos.
En el caso de la República Dominicana, apenas el 20 % de los ciudadanos expresa confianza en los partidos políticos. La cifra está por encima del promedio latinoamericano, que alcanza el 15 %, pero sigue siendo demasiado baja para instituciones que constituyen una pieza esencial del sistema democrático.
Lo más revelador es que esta desconfianza hacia los partidos convive con una valoración mucho mayor de las elecciones. El 70 % de los dominicanos considera que no puede existir democracia sin elecciones.
La señal es clara: el ciudadano no está renunciando a la democracia; está cuestionando a quienes tienen la responsabilidad de representarlo.
Este dato debería provocar una reflexión profunda en los partidos dominicanos. No basta con tener estructuras, locales, dirigentes y candidatos. Un partido político tiene que ser mucho más que una maquinaria electoral. Tiene que representar, formar, escuchar y canalizar las aspiraciones de la sociedad.
El propio informe advierte que la fragilidad de los sistemas de partidos puede derivar en una crisis de representación y abrir espacio a los personalismos. Y esa es una advertencia que no debemos tomar a la ligera.
La política no puede reducirse a ganar elecciones. El verdadero desafío es construir organizaciones capaces de generar confianza aun cuando no haya elecciones en el horizonte.
La confianza no se recupera con propaganda ni con discursos. Se recupera con hechos: democracia interna, transparencia, coherencia, rendición de cuentas y capacidad para responder a las preocupaciones reales de la gente.
El 20 % no debería verse simplemente como un número. Debería ser una llamada de atención.
Porque cuando los ciudadanos dejan de confiar en los partidos, no necesariamente dejan de creer en la democracia. Pero si los partidos no escuchan esa señal, otros actores especialmente los liderazgos personalistas estarán dispuestos a ocupar ese espacio.
La democracia necesita partidos fuertes. Pero, sobre todo, necesita partidos que vuelvan a ser dignos de confianza.
El autor es abogado, catedrático universitario y presidente de FUJUDEL fujudel@gmail.com









