Lo he dicho antes y hoy lo repito con mayor firmeza: Santiago Matías, Alofoke, podrá tener audiencia, seguidores y una enorme capacidad para generar controversias, pero eso no significa que esté preparado para dirigir los destinos de la República Dominicana.
Y aquí hay que hablar claro, porque estamos hablando de la Presidencia de la República, no de un programa de entretenimiento.
Su anuncio de que pretende convertirse en presidente debería provocar, por lo menos, una profunda reflexión en la sociedad dominicana. ¿En qué momento confundimos la fama con la preparación? ¿Cuándo empezamos a creer que tener millones de reproducciones equivale a tener capacidad para gobernar?
Una cosa es dominar las redes sociales, manejar un negocio de comunicación y convertirse en una figura popular. Otra muy distinta es sentarse en el Palacio Nacional, recibir a jefes de Estado, discutir política internacional, dirigir la economía, enfrentar una crisis nacional y tomar decisiones que pueden cambiar la vida de millones de dominicanos.
Y es precisamente ahí donde, a mi juicio, aparecen las grandes interrogantes sobre Alofoke.
Su manera de expresarse, sus frecuentes salidas de tono y la poca rigurosidad que muchas veces exhibe en sus intervenciones públicas no son detalles menores cuando se pretende representar a toda una nación. El presidente de un país no puede hablar como si todavía estuviera buscando el próximo tema viral.
La República Dominicana no necesita un presidente que convierta el Palacio Nacional en un estudio de podcast ni que confunda la política de Estado con la lógica de las redes sociales.
Y que nadie interprete esto como desprecio hacia su éxito. Alofoke ha sabido construir un imperio mediático y eso merece reconocimiento. Pero precisamente porque ha demostrado que sabe hacer negocios y generar audiencia, debería entender que gobernar un país exige otro nivel de preparación.
La Presidencia no se gana por cantidad de seguidores. No se gobierna con likes, no se firma un presupuesto con comentarios en Instagram y no se dirige una política exterior con frases improvisadas.
Por eso, personalmente, considero que su anuncio presidencial no debería ser motivo de entusiasmo, sino de preocupación y de reflexión. Porque si hemos llegado al punto en que cualquier figura popular puede pensar que la Presidencia es simplemente el siguiente escalón de su carrera mediática, entonces el problema ya no es Santiago Matías: el problema somos nosotros como sociedad.
Que aspire si así lo establece la Constitución. Que presente su proyecto. Que explique sus ideas. Pero que también esté dispuesto a responder la pregunta fundamental:
¿Qué preparación tiene Santiago Matías para gobernar la República Dominicana, más allá de su extraordinario éxito en los medios?
Porque para dirigir un país no basta con ser famoso.
Hay que estar preparado. Y entre ser popular y estar preparado existe una distancia enorme.










