Por Wandry Méndez Valenzuela
La afirmación de Leonel Fernández de que en 2028 comenzará un nuevo ciclo político de tres décadas no es una simple reflexión sobre la historia dominicana. Es una jugada de posicionamiento,el expresidente coloca a la Fuerza del Pueblo en el centro de una conversación sobre el relevo generacional y presenta a figuras como Omar Fernández y Erika Infante como parte de ese futuro.
La propuesta tiene atractivo. Hablar de jóvenes dirigentes y de renovación conecta con una sociedad cansada de escuchar los mismos nombres y las mismas promesas. Pero anunciar un nuevo ciclo no basta para iniciarlo. La pregunta clave es si la Fuerza del Pueblo tiene hoy la estructura, la unidad y el respaldo electoral necesarios para convertir esa visión en una mayoría nacional.
En las calles se escucha una percepción difícil de ignorar: que la Fuerza del Pueblo y Leonel Fernández, por sí solos, tendrían problemas para derrotar al PRM si este llega unido a las elecciones de 2028. No es una sentencia ni una medición definitiva, pero sí un desafío que la oposición tendrá que responder con organización, propuestas y capacidad de sumar más allá de sus simpatizantes habituales.
El PRM, mientras tanto, afronta su propia prueba. Dentro de esa organización se habla de la importancia de mantener unidos a sus dirigentes y de aprovechar la experiencia acumulada en el poder. Si consigue administrar sus diferencias y presentar una candidatura competitiva, podría convertirse en un rival formidable. Pero la unidad partidaria no se decreta: se construye atendiendo a sus bases y evitando que las aspiraciones internas se transformen en fracturas.
El oficialismo también carga con un descontento visible entre sectores de su militancia. Hay dirigentes y simpatizantes que sienten que el Gobierno no ha respondido como esperaban en asuntos como la migración, la reforma fiscal y otras preocupaciones nacionales. Ese malestar puede ser aprovechado por la oposición, aunque no garantiza que esos votantes abandonen su partido cuando llegue el momento de elegir.
Ahí reside una de las paradojas del escenario: muchos ciudadanos pueden expresar frustración con el Gobierno y, aun así, votar por el PRM. La identidad partidaria, la lealtad, la evaluación de las alternativas y la estrategia de campaña pesan en la decisión final. Por eso, la oposición no debería confundir el ruido del descontento con una transferencia automática de votos.
También está el costo de la vida. El precio de los combustibles y las alzas de productos pueden depender de factores internacionales y de decisiones que el Gobierno no controla por completo. Sin embargo, esa explicación técnica no siempre llega a la mesa de los hogares. La gente siente el efecto en el bolsillo y juzga a las autoridades por su capacidad de aliviarlo, comunicarlo y ofrecer respuestas concretas.
En política, una buena estrategia comunicacional puede influir en cómo se perciben los problemas, pero no sustituye las soluciones. Si el PRM quiere retener el voto de sus bases, tendrá que escuchar su inconformidad y mostrar resultados. Si se limita a explicar por qué las cosas ocurren, corre el riesgo de que la ciudadanía concluya que nadie está asumiendo la responsabilidad.
La referencia de Fernández a los ciclos históricos también merece atención. La dictadura de Trujillo, los años de gobierno de Balaguer y los períodos de predominio del PLD marcaron etapas distintas, pero la historia no funciona como un reloj que anuncie de antemano quién gobernará durante las próximas tres décadas. La analogía puede servir para plantear una visión, pero no reemplaza el respaldo que se gana elección tras elección.
La Fuerza del Pueblo, además, enfrenta una pregunta incómoda: ¿cómo propone renovar la política mientras sus principales figuras evocan, para muchos votantes, etapas anteriores del poder? Omar Fernández representa una generación más joven, pero la renovación también exige ideas, equipos y respuestas nuevas. No basta con cambiar la edad de los rostros si el electorado percibe que la política sigue siendo dirigida por los mismos liderazgos.
Por eso, la oposición tendrá que explicar qué ofrece para gobernar y cómo piensa construir una mayoría que incluya a ciudadanos que no se sienten representados por el oficialismo, pero tampoco quieren regresar a fórmulas conocidas. Su reto no consiste solamente en señalar los errores del Gobierno: debe convencer de que cuenta con un proyecto viable, renovado y capaz de atender las preocupaciones cotidianas.
La contienda de 2028 está abierta, pero el camino luce cuesta arriba para una oposición que todavía debe ampliar su atractivo y para un oficialismo que necesita cuidar su unidad y recuperar la confianza de sus bases. Leonel Fernández ha movido una pieza al hablar de un nuevo ciclo; ahora queda por ver si esa apuesta conecta con el país. Porque en las elecciones no gana quien anuncia el futuro, sino quien logra que la mayoría crea que puede conducirlo.











