Por: Alejandro Santos
El tiempo de aprobación de las medidas impositivas del llamado “Plan Anticrisis”, entre el Senado y la Cámara de Diputados, transmite varios mensajes que merecen ser descifrados.
Observando el proceso, al Senado le tomó alrededor de 41 minutos aprobarlo en dos lecturas consecutivas, y luego pasó a la Cámara de Diputados, donde fue declarado de urgencia y aprobado también en dos lecturas en poco más de una hora. Todo transcurrió con una velocidad sorprendente.
No hubo consultas, ni vistas públicas, ni se escucharon sugerencias, observaciones o ideas contrarias de organizaciones políticas, sociales y civiles del país.
Más que analizar el contenido de las medidas impositivas, interesa observar la velocidad con que fueron aprobadas y la manera en que la población las ha recibido y asimilado.
El primer mensaje que transmite la aprobación en tiempo récord del “Plan Anticrisis” es que, aparentemente, el plan cuenta con el respaldo de las fuerzas empresariales, sindicales, religiosas y demás sectores de la sociedad civil.
No hubo protestas, hubo pocas quejas, no apareció la “mano que mueve la cuna”, y todo ocurrió tan ligero que solo queda pensar que se ha presentado un “plan” “positivo” y “perfecto”, que tendría el apoyo de la sociedad dominicana.
Estamos, entonces, en presencia de una obra magistral de “consenso”.
Los 50 mil millones adicionales que va a recaudar el Gobierno con las nuevas medidas, la población dominicana los va a pagar felizmente.
Las familias están de acuerdo en que los gobiernos derrochen los recursos en nóminas improductivas, subsidios eléctricos y altos pagos de la deuda externa. Los dominicanos han decidido aceptar vivir con servicios precarios y dócilmente padecer las embestidas de una DGII que asfixia a los que intentan ser productivos.
Tenemos una sociedad “pacificada”, “civilizada”, que cumple responsablemente con sus deberes y acude firmemente a pagar sus impuestos.
Bien, tenemos una República Dominicana domesticada y apaciguada.
Ahora bien, también puede hacerse otra lectura de lo ocurrido.
La segunda lectura que obliga a cuestionar lo sucedido tiene que ver con la carencia o la “orfandad” de organizaciones que velen y luchen por los valores e intereses de la población.
Se respira un aire de desconexión colectiva. No existe empatía por ninguna causa. Hemos caído en una indiferencia total. Estamos anestesiados.
Digamos también que existe una profunda desconfianza hacia los movimientos sociales de causa común, debido a precedentes que terminaron dejando frustración por los intereses políticos e individuales ocultos, como sucedió con la Marcha Verde, la última gran movilización social ocurrida en nuestro país.
Nos encontramos en un punto donde se juntan la falta de organizaciones que inspiren respeto y credibilidad, y la desconfianza sembrada por la experiencia de la Marcha Verde, y el resultado es una población mareada, sin capacidad de acción ni de reacción.
Si entramos más hondo en el “Plan Anticrisis”, nos daremos cuenta de que su fondo y su forma de aprobación conllevan matices que retratan a sus impulsores por la rapidez con que actuaron, y perfilan una sociedad con los brazos cruzados, que no tuvo participación ni en la configuración de las medidas ni en el proceso de conocimiento y aprobación en el Congreso dominicano.
Todos los extremos son malos. Protestar irracionalmente y por todo crea inestabilidad e intranquilidad, pero permanecer dormidos ante medidas que tocan el bolsillo de cada familia dominicana apaga la conciencia nacional.
Al final, la prisa del Senado al aprobar en 41 minutos no es solo un dato de eficiencia legislativa. Es el espejo más fiel de una sociedad que ha dejado de mirarse. Cuando se determinan medidas que tocan el bolsillo de cada familia dominicana en tan poco tiempo, la pregunta no es qué hicieron ellos, sino qué hemos dejado de hacer los ciudadanos dominicanos.











