En cada proceso electoral hay organizaciones que compiten sabiendo que difícilmente llegarán al poder por cuenta propia. No tienen grandes concentraciones, sus candidatos no dominan las encuestas y su votación suele quedar muy lejos de la obtenida por los principales partidos.
Pero eso no significa que sean irrelevantes.
En la política dominicana, un partido puede ser pequeño frente al electorado y grande frente a la mesa de negociación. Su verdadera fuerza no siempre está en la cantidad de votos que consigue, sino en lo que puede aportar cuando los grandes necesitan sumar apoyos para ganar.
Por eso, cuando se acercan las elecciones, las alianzas adquieren un valor especial.
Las organizaciones mayoritarias buscan ampliar sus posibilidades con pactos que les permitan sumar votos en territorios específicos, atraer dirigentes, incorporar estructuras locales o presentar una boleta más amplia. Los partidos pequeños, en cambio, encuentran en esos acuerdos una oportunidad para mantenerse activos dentro del sistema y aumentar su capacidad de negociación.
Es una especie de intercambio político.
El grande pone la posibilidad de triunfo; el pequeño pone su estructura, sus votos y su marca electoral.
Y cuando el resultado favorece a la alianza, la relación no necesariamente termina el día de las elecciones.
La política también tiene un después.
Es ahí donde pueden aparecer candidaturas, posiciones en instituciones públicas, participación en organismos del Estado o espacios de influencia para dirigentes que, de manera individual, quizás no tendrían posibilidades de alcanzar esas posiciones.
La pregunta, entonces, no es solamente cuántos votos obtiene un partido.
También habría que preguntarse qué consigue con esos votos cuando decide colocarlos al servicio de una candidatura presidencial, congresual o municipal con mayores posibilidades de triunfo.
Porque una organización que obtiene una votación reducida puede convertirse en un actor importante si esos sufragios son necesarios para construir una mayoría.
En una elección holgada, unos cuantos miles de votos pueden pasar inadvertidos. Pero en una competencia cerrada pueden convertirse en una pieza determinante.
Ese es el espacio donde los partidos pequeños encuentran su mayor poder.
No necesitan convertirse en la primera fuerza electoral. Les basta con convertirse en una fuerza necesaria.
Y mientras los grandes libran la batalla por conquistar al electorado, los pequeños tienen otra tarea: conservar su espacio, demostrar que todavía pueden aportar y llegar a la negociación con algo que el otro necesite.
Por eso algunos partidos sobreviven elección tras elección pese a no representar grandes porcentajes del electorado.
Su fortaleza está menos en ganar solos que en saber con quién competir, cuándo pactar y qué obtener después de que su aliado alcance el poder.
En política, la aritmética electoral puede ser mucho más interesante de lo que parece.
A veces, el que obtiene más votos gana la elección.
Pero otras veces, el que tiene los votos que le faltan al ganador termina teniendo más poder del que reflejan las urnas.










