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Emergentes en el planeta de los partidos dominicanos

Antes, los partidos producían a sus líderes y luego los proyectaban hacia la sociedad. Ahora, las plataformas digitales pueden producir primero una figura y obligarla después a buscar un partido, una estructura territorial y un programa de gobierno.

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3:23 PM | miércoles, 5 agosto, 2026
Alejandro Santos

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Por: Alejandro Santos

Las opciones políticas emergentes no surgen de la nada. Algo sucede antes que prepara el terreno y hace posible su aparición.

El notorio proceso de deterioro de los partidos políticos dominicanos está contribuyendo al surgimiento de figuras “emergentes” como Alofoke, Rafi Trujillo, el Cobrador y otras que, apoyadas en su notoriedad y en sus habilidades comunicativas, comienzan a entrar en un ruedo político tradicionalmente controlado por las organizaciones partidarias.

No se trata solamente de las aspiraciones personales de determinadas figuras. Estamos frente a una manifestación del vacío que van dejando los partidos y de la disposición de un segmento de la población especialmente de la juventud a considerar opciones surgidas fuera de las estructuras tradicionales.

Los partidos siguen siendo la principal vía para construir liderazgos, organizar movimientos y alcanzar posiciones electivas. Para entrar al planeta de la política había que integrarse a una organización, participar en sus organismos y recorrer una larga trayectoria hasta alcanzar reconocimiento.

La era digital viene cambiando ese recorrido. Ahora una persona puede construir primero una audiencia, convertirse en una figura influyente y después intentar transformar esa popularidad en una propuesta política. El algoritmo puede colocar en pocos meses a una figura en el centro de atención que a un dirigente tradicional le tomaría años conquistar.

Antes, los partidos producían a sus líderes y luego los proyectaban hacia la sociedad. Ahora, las plataformas digitales pueden producir primero una figura y obligarla después a buscar un partido, una estructura territorial y un programa de gobierno.

El conocimiento de un personaje aparece ahora como representación que se anticipa a una estructura partidaria. Se invierte así la manera tradicional de entrar a la política.

Ese cambio no tendría las mismas consecuencias si los partidos conservaran intactas su credibilidad y su capacidad de representación. El problema consiste en que la influencia de las plataformas coincide con un proceso de desgaste de las organizaciones políticas.

La trayectoria de incumplimientos, el deterioro institucional y el mantenimiento de un modelo económico que acude reiteradamente al endeudamiento han contribuido a profundizar el desencanto. Mientras aumentan las obligaciones financieras del Estado, permanece la posibilidad de colocar nuevos impuestos sobre una población que no percibe mejoras proporcionales en los servicios públicos ni soluciones duraderas a sus principales problemas.

Quienes dirigen la política dominicana parecen no advertir que el modelo se aproxima a un punto de agotamiento. Cada vez queda menos espacio para aumentar impuestos con el propósito de sostener el pago de la deuda y unos gastos corrientes cargados de nóminas improductivas, duplicidad de instituciones y privilegios políticos.

La población observa que los gobiernos cambian, pero muchos problemas permanecen. El costo de la vida, la inseguridad, las deficiencias de los servicios públicos, el desorden migratorio, la desigualdad y la falta de oportunidades continúan presentes mientras los partidos concentran gran parte de sus energías en alcanzar o conservar el poder.

Las batallas electorales también han llevado a las organizaciones a utilizar métodos cada vez más agresivos de descalificación. En algunos casos, esas confrontaciones han contribuido a revelar verdades ocultas y manejos corruptos, pero también han fortalecido la percepción de que los partidos se conocen profundamente entre ellos y solo denuncian determinadas irregularidades cuando dejan de compartir el poder.

Las encuestas comienzan a ofrecer señales de que en República Dominicana existe un electorado menos atado a las lealtades partidarias.

La encuesta Gallup-Diario Libre de mayo de 2026 colocó al Partido Revolucionario Moderno en el primer lugar de la simpatía partidaria con un 30.4 %, seguido por un 23.5 % que respondió no simpatizar con ninguna organización. La Fuerza del Pueblo obtuvo un 19.6 % y el Partido de la Liberación Dominicana un 19.5 %.

El dato más revelador no consiste solamente en que ninguna organización alcanza por sí sola la mayoría de la simpatía partidaria. La principal advertencia es que el segundo espacio más grande no lo ocupa un partido, sino la ausencia de partido.

Otra medición de ACD Media encontró que un 54.5 % de los consultados no simpatizaba con ninguna organización. Más del 40 % también afirmó no tener “ninguna confianza” en el PRM, la Fuerza del Pueblo y el PLD.

En abril de 2024, la encuesta Mark Penn/Stagwell/Noticias SIN había registrado que un 39 % de los entrevistados no simpatizaba con ningún partido. Incluso en medio de una campaña electoral, una proporción considerable del electorado permanecía fuera de las identidades partidarias.

Los porcentajes no deben compararse como si formaran una misma serie, porque las encuestas utilizaron preguntas y metodologías diferentes. Sin embargo, todas coinciden en algo: existe una parte importante de la sociedad dominicana que no se siente representada por ninguna de las principales organizaciones.

Una referencia de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe también ha situado alrededor del 24 % la confianza de los dominicanos en los partidos políticos.

Esto significa que una persona puede votar circunstancialmente por un candidato sin sentirse identificada con el partido que lo presenta. Se apoya al liderazgo, pero no necesariamente a la organización.

A esas mediciones se agrega la abstención registrada en las elecciones presidenciales y congresuales de 2024. Alrededor del 46 % de las personas inscritas no votó en el nivel presidencial, uno de los porcentajes más altos de las últimas décadas, aunque también influyó la baja participación de los dominicanos empadronados en el exterior.

No toda abstención constituye un rechazo a los partidos ni toda persona sin simpatía partidaria está dispuesta a respaldar una figura emergente. Pero cuando las encuestas y los resultados electorales reflejan simultáneamente distanciamiento, desconfianza y menor identificación, se comienza a configurar un terreno favorable para la aparición de alternativas inesperadas.

Este fenómeno no es exclusivo de República Dominicana. América Latina ha demostrado que el desgaste de los partidos puede permitir que figuras inicialmente consideradas extravagantes, improvisadas o sin posibilidades terminen disputando o alcanzando el poder.

Javier Milei pasó de ser un economista conocido por sus intervenciones en programas de televisión a construir un movimiento que lo llevó a la Presidencia de Argentina.

Su discurso contra la “casta”, en medio de una inflación desbordada y del agotamiento de las fuerzas tradicionales, convirtió la indignación social en una propuesta electoral. En 2023 ganó la segunda vuelta con un 55.65 % de los votos.

Milei demostró que la notoriedad mediática puede transformarse en poder cuando coincide con una crisis económica, un discurso diferenciador y una estructura electoral. No se limitó a cuestionar a los partidos: presentó una explicación sencilla de la crisis, identificó a los responsables y ofreció un camino diferente.

Nayib Bukele no fue un outsider absoluto. Había sido alcalde dentro del FMLN, pero logró romper con esa organización, colocarse frente a todo el sistema y presentarse como una alternativa a ARENA y al FMLN, los dos partidos que habían dominado El Salvador desde el final de la guerra civil.

Mediante una intensa utilización de las redes sociales, una imagen de renovación y un discurso concentrado en la corrupción y la inseguridad, Bukele ganó la Presidencia en 2019 y levantó alrededor de su liderazgo el movimiento Nuevas Ideas.

Su aparición no solamente desplazó a los partidos dominantes, sino que reorganizó el sistema político salvadoreño.

El caso de Bukele también contiene una advertencia. Un emergente puede renovar el sistema, pero también puede concentrar el poder alrededor de su figura, debilitar los contrapesos y convertir su organización en una prolongación de su liderazgo personal.

Jimmy Morales representa uno de los antecedentes más cercanos a la entrada de figuras del entretenimiento en la política. Antes de ser candidato era conocido como actor y comediante en Guatemala.

Su oportunidad apareció en medio del escándalo de corrupción conocido como La Línea, que provocó la caída del gobierno de Otto Pérez Molina. Morales se presentó como una figura ajena a la corrupción tradicional y ganó la segunda vuelta de 2015 con un 67.44 % de los votos.

Su victoria demostró que la popularidad y el rechazo al sistema pueden llevar a una celebridad hasta la Presidencia. Su desempeño posterior también evidenció que la condición de outsider no garantiza capacidad administrativa, integridad ni transformación institucional.

Rodolfo Hernández, empresario y exalcalde de Bucaramanga, construyó en Colombia una candidatura alrededor del discurso anticorrupción y de una efectiva estrategia de comunicación digital.

Conocido como el “rey de TikTok”, desplazó a candidatos respaldados por estructuras tradicionales y llegó a la segunda vuelta presidencial de 2022. Obtuvo más de 10.6 millones de votos y quedó relativamente cerca de Gustavo Petro.

Su campaña probó que las redes pueden sustituir parcialmente los mítines, la propaganda convencional y la organización territorial durante el proceso de crecimiento de una candidatura.

Pedro Castillo, en Perú, mostró que los emergentes no siempre son productos del algoritmo. Era un maestro rural y dirigente sindical desconocido por amplios sectores urbanos, pero consiguió representar a poblaciones del interior que se sentían ignoradas por Lima y por las élites nacionales.

Castillo ganó la Presidencia en 2021, pero gobernó sin una estructura sólida, sin una coalición estable y con grandes dificultades para formar equipos. Su mandato terminó en diciembre de 2022 después de que intentara disolver el Congreso.

Su experiencia dejó una de las principales lecciones alrededor de los emergentes latinoamericanos: la debilidad de los partidos que facilita la llegada de una figura al poder puede convertirse después en la debilidad institucional que le impida gobernar.

Franco Parisi, en Chile, representa al emergente que no conquista la Presidencia, pero logra construir una corriente electoral digital. En 2021 obtuvo alrededor del 13 % de los votos y en 2025 volvió a colocarse en tercer lugar, acercándose al 20 %.

Su permanencia demuestra que una comunidad digital puede transformarse en una base política relativamente estable.

Los emergentes latinoamericanos tienen orígenes e ideologías diferentes. Milei surgió desde el liberalismo radical; Castillo desde la izquierda rural; Bukele desde un liderazgo personalista; Morales desde el entretenimiento; Hernández desde el empresariado y Parisi desde la comunicación digital.

El elemento que los une no es la ideología, sino su capacidad para interpretar el descontento, presentarse como figuras diferentes y convencer a una parte del electorado de que los partidos tradicionales son responsables de los problemas que prometen solucionar.

Sin embargo, ninguno llegó demasiado lejos dependiendo únicamente de su popularidad. Todos necesitaron crear, utilizar o tomar prestado un vehículo electoral.

El algoritmo puede construir una audiencia, pero todavía se requiere una organización para inscribir candidaturas, movilizar electores, defender los votos, presentar representantes y participar en las elecciones.

La aparición de figuras como Alofoke, Rafi Trujillo o el Cobrador no significa necesariamente que posean la preparación, el equipo o las propuestas necesarias para gobernar. Su presencia revela, principalmente, que existe una parte de la sociedad dispuesta a escuchar cualquier alternativa que se presente como diferente.

El problema no consiste en que esas figuras decidan participar en política. En una democracia todos tienen derecho a aspirar.

La verdadera preocupación debería encontrarse en las razones por las cuales sus propuestas o insinuaciones pueden despertar receptividad entre ciudadanos que ya no se sienten representados por las organizaciones establecidas.

Ahí se encuentra la oportunidad de los emergentes. No necesariamente porque hayan demostrado que pueden gobernar mejor, sino porque los partidos han dejado de convencer a una parte importante de la ciudadanía de que todavía pueden hacerlo.

La popularidad digital, sin embargo, no debe confundirse con capacidad política. Gobernar exige conocimientos, equipos, planificación, organización, dominio institucional y capacidad para tomar decisiones complejas.

Un millón de seguidores puede convertir a una persona en una figura influyente, pero no constituye por sí solo un programa de gobierno.

Tampoco toda audiencia se transforma automáticamente en electorado. Un seguidor puede consumir contenidos por entretenimiento, curiosidad o identificación personal sin estar dispuesto a depositar un voto.

La primera prueba de cualquier emergente consiste en convertir la atención digital en confianza política.

Los partidos cometerían un grave error si respondieran a esas figuras únicamente con burlas o descalificaciones. Cuanto más intenten ignorarlas, más podrían fortalecer la percepción de que defienden un sistema cerrado que teme la aparición de competidores.

La mejor respuesta no consiste en atacar a los emergentes, sino en corregir las causas que los hacen posibles: renovar sus liderazgos, democratizar sus estructuras internas, rendir cuentas, integrar a la juventud, presentar propuestas creíbles y recuperar la conexión con una sociedad que ha cambiado.

Los emergentes todavía no representan el final de los partidos dominicanos, pero constituyen una seria advertencia. Las encuestas muestran que el espacio de los ciudadanos sin identificación partidaria es suficientemente amplio para alterar el panorama electoral si aparece una figura capaz de interpretarlo.

Cuando los partidos dejan de producir esperanza, la ciudadanía comienza a buscarla fuera de ellos. Y cuando ese vacío coincide con el dominio de las plataformas digitales, el algoritmo puede terminar levantando al liderazgo que los partidos fueron incapaces de producir.

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Rafael Z. Ayala y Chiko Rodríguez unen sus talentos en "Bueno", una canción que exalta la bondad de Dios
Lima, Perú. – El dominicano Rafael Z. Ayala y el peruano Chiko Rodríguez presentan "Bueno", una producción musical que une el talento de República Dominicana y Perú en un enérgico mensaje de fe, esperanza y adoración.
El sencillo fue producido por el multipremiado músico dominicano Moisés Sánchez, ganador de múltiples premios Grammy, y mezclado por el destacado productor venezolano Ranzes Alegría, reuniendo el talento de tres países latinoamericanos en una producción de nivel internacional.
El videoclip oficial fue grabado en los espectaculares paisajes de República Dominicana, resaltando la belleza natural y cultural del país, cuna del merengue y uno de los destinos más emblemáticos del Caribe. La producción audiovisual estuvo a cargo de Luis Eduardo Rosario, quien plasmó una propuesta visual que complementa el mensaje de fe y esperanza transmitido por la canción.
"Bueno" ya se encuentra disponible en todas las plataformas digitales. La canción exalta la bondad de Dios a través de un mensaje inspirador dirigido a toda la familia.
Sobre los artistas
Nacido en Santo Domingo y radicado en Indiana, Estados Unidos, Rafael Z. Ayala es pastor, saxofonista, compositor y cantante. Ha dedicado su vida al ministerio pastoral y a la música cristiana, consolidándose como una de las voces más respetadas de la música cristiana en español.
Como compositor e intérprete, es autor de reconocidos temas de adoración como "Gloria que desciende", "Celebra la gracia" y "Habla Señor", entre otros.
Por su parte, Chiko Rodríguez, nacido en la Provincia Constitucional del Callao, Perú, es cantautor, compositor, coach vocal y productor audiovisual, con más de diez años de trayectoria artística.
Su propuesta musical fusiona sonidos urbanos con influencias del reggae y el soul, destacándose por canciones como "Yo soy la música", "Tu obra completa" y "Gracia increíble", obras que reflejan su compromiso de compartir un mensaje de fe, esperanza y amor.
Con "Bueno", Rafael Z. Ayala y Chiko Rodríguez fortalecen los lazos musicales entre República Dominicana y Perú, demostrando que la música no conoce fronteras cuando el propósito es exaltar el nombre de Dios.
Esta colaboración reúne a dos artistas con sólidas trayectorias y una misma misión: llevar esperanza, fe y amor a través de una producción de excelencia que promete tocar corazones en toda Latinoamérica.
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