Por Julio Cesar Castaños Guzmán
Ese paño colorao que se ha inculturizado en la lanilla de un chofer de carro público, o como remedio casero que le saca el sarampión a los niños de erupción tardía. Aparece, también derramado en la cachucha de los “Leones del Escogido”, en los tomates Barceló y en el penacho de fuego de los pájaros carpinteros.
En esa capa rosácea y amarilla, que es el capote de un torero de cartel que sortea la vida apoyada en la maestranza, sostenido en el vilo de la muerte y el desprecio a la vida, embriagado por las luces de su traje y la dictadura del público; otras veces, es, la pollera de esa negra bailadora que en frenesí da vueltas como un trompo de grana.
Y, no pocas veces, colorea la falda vistosa de la marchanta que a lomo de jumento alegra la venta. Pero, pudiera ser, esa pañoleta del “Día de San Valentín” que produce vértigo a los enamorados, que estremece a los más viejos poniéndolos verdes y que como toda proclamación del amor es profético.
Algunos lo han visto en el pantaloncito corto de esa jovencita descalza, que lava la galería de su casa los sábados en la mañana… esperando que alguien le diga algo.
Otros, lo han visto, en el resol carmesí de la sombra enfogada de las guamas en flor, que custodian en rojo bueno la producción de café y cacao; sombra escarlata, que, al mismo tiempo, le adelanta la hora a las muchachas y desasosiega los amantes.
Sin dudas está en ese pollo indio de piel colorada que corta en el aire cuando extiende sus alas de fuego en abrazo mortal, antes de que un líquido cárnico empape la arena de la valla del coliseo.
Y en el cuadrante de nuestra Bandera Dominicana que recoge la sangre de los mártires de la República
Y qué decir del arribo a la ciudad de “La Vega” flanqueada por los flamboyanes encarnados, y de ese vestido de fiesta con que la mujer alegra su marido, o, de esa adolescente que inicia con inocencia la conquista poniéndose colorete y carmín en los labios.
Está en el dolor de un corazón palpitante que late por ti, lector, lectora, en “la sangre de Ignacio sobre la arena”, de García Lorca, y en la antífona machacona del verso que en una explosión de romanticismo dice: ¡“Qué no quiero verla!”.
En “la menstruación infinita de las amapolas” de Cayo Claudio Espinal; y, en esa pluma solitaria que remata la cola de una cotorra.
En la tradición de Montescos y Capuletos, que da al traste con la tragedia de Romeo y Julieta; y, siguiendo con Shakespeare, en la toga ensangrentada de Julio César apuñalado por sus amigos.
En ese clavel solitario que anuncia un lance amoroso; y, en esa pucha de rosas “Príncipe Negro”, que como estandarte aterciopelado precede una tierna capitulación en las batallas del amor. Por supuesto, está, en la corbata chillona de ese ex hippie que evolucionó a yuppie.
Porque cada vez que el cuchillo monda una sandía se revienta el rojo, y en el sobresalto de los camarones que hierven … y en la floración de las cayenas “Sangre de Cristo”.
En ese lienzo colorado que en tiempos de Balaguer decía: “Vuelve y vuelve”.










