Hablar sobre plan estratégico territorial se ha puesto de moda. Inicialmente, en Santiago; más recientemente en Peravia, San Juan y La Altagracia, y ahora en Santiago Rodríguez se está hablando de plan estratégico.
Conviene recordar que la estrategia tiene sus inicios en el campo militar. Luego se comenzó a adaptar al ámbito de los negocios, y desde las dos últimas décadas del siglo XX se aplica a territorios. La literatura especializada identifica generalmente a San Francisco, Estados Unidos, en 1981, como la primera ciudad que elaboró un plan estratégico.
Luego, el Plan Estratégico Económico y Social Barcelona 2000 marcó un antes y un después. En un proceso de casi dos años, el Ayuntamiento, empresarios, sindicatos, universidades y organizaciones sociales se unieron alrededor de una visión compartida de ciudad a diez años.
Aquello incluyó esfuerzos entre actores diferentes, combinación de objetivos económicos, sociales y urbanísticos, selección de proyectos transformadores, cooperación público-privada, una estructura institucional para dar continuidad al plan y uso de un acontecimiento —los Juegos Olímpicos— como acelerador de inversiones y renovación urbana.
Algunas lecciones aprendidas
Después de Barcelona, en América Latina, múltiples experiencias sirven como referentes en territorios de Argentina, Chile, Bolivia, Perú y Colombia, entre otros. En el más reciente tramo, superando trabas, aprendiendo de errores y enarbolando aciertos, las más exitosas experiencias de planificación estratégica territorial coinciden en cuidar cuatro dimensiones: niveles, actores, sectores y tiempo.
Han superado la “cultura de islas”; se trata de planes que articulan y comprometen a estamentos de gobierno a nivel nacional, regional y local. Nadie actúa como “dueño y señor”; se involucran como actores a la par Estado, empresas, organizaciones sociales, academia y ciudadanía.
Otro aspecto muy cuidado es evitar que un sector quiera “hacer su agosto” en cualquier mes. Por eso integran economía, ambiente, infraestructura, educación, salud y cohesión social. Y otro tema clave, sobre todo cuando hay tanta gente “buscando lo suyo” para rápido y hasta para “de una vez”, es lo temporal: elaboran sus planes conectando acciones inmediatas con objetivos de mediano y de largo plazo.
Es así como, en estos tiempos, un plan estratégico sirve para que un territorio se detenga a discutir qué quiere ser, con qué cuenta para ello, cuáles son sus prioridades, cómo superar limitaciones y cómo aprovechar mejor sus recursos para avanzar.
Algunas advertencias
Ahora, en tiempos de IA, con tantos recursos para “ponerle velocidad” a todo, elaborar un “plan estratégico” es relativamente fácil. Lo difícil es conseguir que sobreviva a los cambios políticos, oriente el presupuesto, una a las fuerzas vivas y produzca resultados que la gente pueda reconocer. Y esos elementos resultan esenciales cuando se trata de usar la estrategia para impulsar desarrollo territorial.
Hay gente que le llama “plan estratégico” a una lista de requerimientos o de obras para las comunidades. Otra gente considera que se trata de una colección de buenas ideas o de un documento elegante que muchas veces termina guardado después de su presentación. En esos casos, el dichoso “plan” se convierte en generador de frustraciones.
No hay que ir muy lejos para verlo. En muchas oficinas públicas deben estar ocupando espacio montones de documentos que dicen apoyarse en la Ley 498-06, que crea el Sistema Nacional de Planificación e Inversión Pública. Sobre esa base, con el simple cambio de un funcionario local es más que suficiente para que una gaveta se convierta en destino final de lo que solo ha servido para “gastar saliva”, tinta y papel a tantos consejos provinciales y municipales de desarrollo.
Manos a la obra
Para superar esa etapa y lograr real avance, más que válido es ir logrando que aprendamos a trabajar juntos. En el hipotético caso de que los esfuerzos no generen cambios tangibles, el conocimiento adquirido nos colocaría en otro escalón.
Finalmente, en la mitad de una gestión de Gobierno, la integración pluripartidaria ayuda a lograr continuidad. Eso evitaría el tedio y hasta la frustración que representa tener que comenzar de nuevo, con la consecuente pérdida de tiempo y recursos.
Si compartimos y unificamos visión, si partimos de la realidad, si diseñamos rutas, si incluimos de verdad y logramos generar confianza y entusiasmo, cada esfuerzo, cada paso y cada oportunidad nos acercarán a una nueva realidad, caracterizada por bienestar, soportada en mejores conocimientos y generadora de felicidad. Para eso sirve un plan estratégico territorial.











