Por Ramón Leonardo
En un país pequeño como la República Dominicana comienzan a anunciarse, rehabilitarse o proyectarse aeródromos y aeropuertos domésticos e internacionales en distintos puntos del territorio: Dajabón, San Juan, Baní, Pedernales y otros lugares.
La primera pregunta es inevitable:
¿Existe realmente una demanda de pasajeros y carga que justifique tantas instalaciones, o estamos construyendo obras aisladas sin una política nacional de transporte?
El caso del suroeste merece especial atención. En Barahona ya existe el Aeropuerto Internacional María Montez, con una pista de 3,000 metros capaz de recibir aeronaves de gran tamaño, pero permanece prácticamente sin vuelos comerciales.
¿Por qué construir entonces otro aeropuerto internacional en Pedernales, sin desarrollar primero el que ya tenemos en Barahona?
Barahona constituye una puerta natural para conocer toda la región: sus playas y balnearios; el lago Enriquillo y la isla Cabritos; las aguas termales; la Laguna de Oviedo; la Sierra de Bahoruco; el Hoyo de Pelempito; Bahía de las Águilas y el inmenso patrimonio histórico donde se produjo la resistencia del cacique Enriquillo frente al dominio colonial.
Desde Barahona podrían organizarse rutas turísticas por autobús que distribuyan visitantes y beneficios entre numerosas comunidades. Sin embargo, en Cabo Rojo se está levantando un modelo diferente: hoteles, puerto de cruceros, aeropuerto propio y hasta la propuesta de un puerto espacial.
¿Se busca desarrollar integralmente el suroeste o crear un nuevo enclave al estilo Punta Cana, separado de Barahona, Bahoruco, Independencia y de las comunidades de Pedernales?
El visitante podría desembarcar allí, alojarse allí, consumir allí y regresar por el mismo puerto o aeropuerto, con escaso contacto con el resto de la región.
En el centro de todo aparece el Fideicomiso Pro-Pedernales, encargado de administrar terrenos, inversiones, infraestructuras y alianzas con grandes grupos privados.
Por eso debemos preguntar:
¿Quién aporta los terrenos y el dinero?
¿Quién recibe las concesiones y los beneficios?
¿Por cuánto tiempo?
¿Quién conservará el control de las playas, las costas y los accesos?
¿Cómo se protegerán el Parque Nacional Jaragua, la Sierra de Bahoruco, el lago Enriquillo, los humedales, los arrecifes y las zonas de reproducción de langosta, ¿lambí y otras especies?
¿Y por qué se prioriza otro aeropuerto mientras continúa relegada la construcción de una Red Nacional de Trenes que serviría diariamente al turismo, la producción, la carga y los pasajeros de todo el país?
No estamos condenando el desarrollo de Pedernales. Estamos reclamando que el desarrollo no se convierta en aislamiento, privatización práctica del territorio ni sacrificio de nuestro patrimonio natural.
Antes de seguir colocando parches costosos, el país merece conocer el plan completo.
Porque desarrollar el suroeste no puede significar construir un destino cerrado dentro de él y dejar fuera a toda la región.










